Buen día, Ekaterina Serguéyevna. O, como dicen aquí en Paraguay:

- Hola querida señora, ¿cómo le va?

     Y usted se echaría a reír con ganas y me respondería algo de nuestra infancia escolar:

- London is the capital of Great Britain.

     Y no estaría tan equivocada, porque, aunque ya vivo en un país hispanohablante desde hace casi tres años, todo mi español argentino se hace añicos contra las rocas del habla paraguaya. Hablan aquí de una manera tan peculiar que, los primeros días, pensé que no sabía español en absoluto y respondía justamente así, fuera de lugar, con frasecitas del inglés escolar, haciéndome pasar por un ciudadano angloparlante. Una vez hasta me desesperé por la imposibilidad de comprar una simple botella de agua: ¡el buen hombre no me entendía de ninguna manera! Hasta que unos transeúntes acudieron en mi ayuda y me explicaron que el vendedor de agua hablaba un guaraní purísimo, algo que hasta entonces todavía no me había pasado aquí. Así que me fui de vuelta sin haber bebido agua y sin aprender la palabra nueva, porque lo único que me faltaba en la vida era el guaraní. Sin guaraní ya ando bastante desorientado por aquí, ¿sabe? Parece que ya conozco un poco el idioma como para decir algo, pero resulta que, antes de decir algo, primero hay que encontrar a un paraguayo dispuesto a conversar con un extranjero, que tenga la paciencia de escuchar con mucha atención un español extranjero y de hablar muy despacio en el español de aquí. Y vaya si es difícil encontrarlos: ni buscándolos con una linterna a plena luz del día aparecen. Hace poco me encontré con otro extranjero igual de perdido que yo, y créame o no, pasamos dos horas desahogándonos como si fuéramos viejos amigos; no había manera de dejar de hablar. ¡Creo que nadie en mi vida me había entendido tanto, ni siquiera en mi lengua materna!

     ¿Se acuerda de aquellas veces en que tomábamos té juntos? Nos instalábamos en el jardincito de su casa con el samovar del abuelo, servíamos el té en la vajilla de la abuela y nos poníamos a contarnos cuentos. Yo le hablaba de países lejanos, de maravillas del mundo, y usted me hablaba de la huerta y del porche torcido. O salíamos a caminar hasta el río por aquella calle conocida, entre los abedules que recordamos desde niños. Yo le hablaba de pueblos extranjeros y de aventuras, y usted me hablaba de los vecinos y de los zapallitos. Y cuando llegábamos al río, yo le hablaba del atardecer y del viento de los viajes, y usted me hablaba del tiempo que haría por la noche y de los invernaderos que habría que cerrar antes de dormir. Y, aunque los dos estábamos en nuestra patria, usted estaba en casa y yo parecía estar en otro país. Y, sin embargo, hablábamos el mismo idioma, pero siempre de cosas distintas, y nunca conseguíamos traducir mi mundo al suyo.

     Y aquí, en el lejano Paraguay, sobre un banco de mosaicos entre palmeras, se encontraron dos soledades maltrechas y comenzaron a contarse historias en un español-inglés entrecortado. Yo le hablaba de Argentina y él me hablaba de Brasil. Una palabra en español, tres en inglés y un buen puñado de gestos para asegurarnos de que nos entendíamos. Y cuando tocaba maldecir este calor insoportable, ahí ya no hacía falta ninguna traducción: ¡las palabrotas se entendían solas! Así nos quedamos charlando hasta el atardecer. Y, de repente, vivir en Paraguay se volvió más alegre y más comprensible, e incluso me entraron ganas de conocer de verdad este país. Si no en guaraní, entonces en el lenguaje de los gestos y con un diccionario en la mano.

 

Confundido en las traducciones,

Dimas Kalabás

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